martes, 6 de junio de 2017

El cuento de la criada.

Margaret Atwood, Salamandra, 2017. Publicado originalmente en 1985.

Defred es una criada. Viste de rojo, lleva amplios vestidos que desdibujan su cuerpo y una cofia que oculta su rostro.

Defred no es su verdadero nombre. Designa a quien pertenece: De Fred. Al comandante. A su esposa, Serena Joy. Defred vive en su casa y su misión es proporcionarles un hijo.

Porque Defred es una mujer en edad fértil y Serena no puede concebir. Si no fuera criada, podría ser una sirvienta, una Martha, como Rita y Cora. O podría ser desterrada a las colonias a limpiar residuos tóxicos hasta morir. En este mundo, esos son los tres roles que puede desempeñar una mujer: esposa, madre, ama de casa. Las más pobres tienen que ejecutarlos todos.

Defred recuerda cómo eran antes las cosas, cuando aún no se había impuesto la República de Gilead, un régimen religioso basado en el control del individuo. Ella estaba casada con Luke y tenían una hija, trabajaba, salía de casa, tenía propiedades, podía beber y fumar. Pero todo eso desapareció. Con su monólogo, sabremos cómo, y asistiremos a su rutina: la soledad, la frialdad y la rigidez, la desconfianza, puesto que cualquiera puede ser un delator, y el miedo, porque su hija sigue en alguna parte y podrían utilizarla para hacerla daño. La invisibilidad, la aniquilación de la personalidad, convirtiendo a los seres en intercambiables, en meras máquinas de procreación. Es escalofriante, porque es reconocible: Defred vivía otra vida y se la arrebataron.
Me ha resultado muy interesante el monólogo interior de la protagonista, tan atenta al detalle, al análisis del otro, y de sus propias necesidades, sus reflexiones ante el vacío. Y está bien costruido tanto el entorno opresor como los pequeños resúmenes que nos ayudan a entender cómo surgió este modelo de sociedad, sus estructuras, sus cimientos. Quizá lo más flojo sea el final, con ese cambio de ritmo, si os lo leéis podemos discutirlo.
Es una novela magnífica, asfixiante, absorbente, que recrea una sociedad verosímil en su extremismo, y que nos recuerda que el peligro pueda estar por llegar, porque los antecedentes que relata nos resultan familiares. No os la perdáis.


“Vivíamos, como era normal, haciendo caso omiso de todo. Hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar, hay que esforzarse para ello”.

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